Las personas conservadoras o rígidas otorgan al adjetivo “camaleónico” connotaciones negativas, ya que entienden que un sujeto que se adapta rápidamente al medio tiene que ser por fuerza engañoso, inmoral, arribista… Esta visión negativa del camaleón fue hábilmente retratada por Woody Allen en su película Zelig. Su protagonista es un judío que ha logrado fama internacional gracias a su habilidad para adoptar la personalidad de cualquier individuo.
Para un ser humano, lo camaleónico tiene mucho que ver con la flexibilidad y la empatía. Aquel capaz de trasladarse, de forma sincera y efectiva, al universo mental del otro tiene asegurado el triunfo en cualquier ámbito, sea laboral, creativo o, incluso, sentimental. El psicólogo Walter Riso lo explica así en su manual El arte de ser flexible: “Es una virtud que define un estilo de vida y permite a las personas adaptarse mejor a las presiones del medio. Una mente abierta tiene más probabilidades de generar cambios constructivos que redunden en una mejor calidad de vida y en la capacidad de afrontar situaciones difíciles. Una mentalidad rígida no solo es más propensa a sufrir todo tipo de trastornos psicológicos y emocionales, sino que además afectará negativamente al entorno en el que se mueve”.
La píldora de la flexibilidad
“Si se sintetizara una píldora que, con solo tomarla, nos hiciese ser conscientes de que no tenemos la razón en muchos temas, de que estamos equivocados en diversos asuntos, ¿la compraríamos? Pocos valientes lo harían, porque el hecho de renunciar a nuestras justificaciones resulta extremadamente difícil. Pues bien, deberíamos. Si consiguiéramos acabar con nuestros rígidos enfoques, lograríamos flexibilizarnos y de esta forma todo tomaría otro cariz. La vida se presentaría ante nosotros como algo más sencillo, más cómodo, y la saborearíamos con mayor intensidad”. Felicidad flexible, de Jenny Moix
“A los elefantes les cuesta mucho adaptarse, pero las cucarachas sobreviven a todo” (Peter Drucker)
En 1998, Spencer Johnson vendió decenas de millones de libros en todo el mundo con una brevísima narración que tenía como protagonistas a dos ratones y a dos hombres encerrados en un laberinto.
Los cuatro comparten un mismo objetivo: encontrar el queso desaparecido. Un día se ponen en camino para hallarlo y dan con una fábrica repleta de queso. A diferencia de los ratones, que buscarán más fábricas de queso, los humanos fijan su residencia en este lugar y construyen una casa. Cuando se agota el queso de la fábrica, siguen esperando que alguien venga para reponer el queso, lo cual nunca sucede. Mientras los humanos albergan la esperanza de que todo vuelva a ser como antes, los ratones ya han encontrado la fábrica de queso más grande que jamás se haya conocido.
Uno de los roedores protagonistas racionaliza así lo que ha aprendido en esta aventura de supervivencia y superación. No está de más repasar las “leyes del queso” que propone el libro de Spencer Johnson, ya que adquieren aún más sentido en el actual escenario de crisis:
– El cambio es un hecho (el queso se mueve constantemente).
– Prevé el cambio (permanece alerta a los movimientos del queso).
La necesidad de adaptarse es especialmente clave en el mundo empresarial de hoy. Lo que ha sucedido en Asia y en los países emergentes es muy paradigmático en este sentido. Mientras Occidente analizaba el cambio en sesudas escuelas de negocios, ellos lo estaban creando con una agilidad y capacidad de adaptación fulminante. Como los humanos de la fábula de los ratones, nos hemos aferrado a nuestro sistema (la primera fábrica de queso) como si fuera inagotable y ahora llegamos tarde a la búsqueda de un sistema nuevo.
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Hay dos maneras de interactuar positivamente con el cambio. Una de ellas es, en esencia, estar atento a lo que sucede y sumarnos a la corriente. La otra, más difícil, pero también mucho más gratificante, es convertirnos en agentes del cambio.
Este lema es válido para todos los frentes de nuestra vida. Hay que saber adaptarse, pero preservando aquello que nos hace únicos y aporta valor a los demás