Había una vez un hombre que había sufrido maltrato de genero... Si hubiese sido mujer, la sociedad hubiese puesto a su disposición todos los apoyos que se pueden ofrecer, pero era un hombre... Y como tal la justicia decidió que lo pertinente era dejarle de lado. Estaba indefenso, amenazado por la sombra de una denuncia que el otro lado podría hacer en cualquier momento, y le llevaría de cabeza y sin remedio al calabozo. Estuvo cercado en su propia casa, viendo como le caían piedras a su ventana, Llamó en dos ocasiones a la policía, nunca llegó... Años después aun queda un cilindro metálico en la cornisa de su dormitorio. Consultó con la policía si tendría alguna protección si denunciaba, la respuesta fue no... hasta que hubiese juicio, lo cual en este caso tardaría meses... aun habiendo denunciado si ella hacia lo mismo él en unas horas estaría en la cárcel.
Así que decidió que esto era una injusticia contra la cual merecía la pena luchar, y se enfrasco en una cruzada contra los derechos de los hombres maltrados... Pero luchar contracorriente requiere de una gran entereza, porque eres consciente de que recibirás ataques. Pero lo cierto es que no es lo mismo que te digan que no tienes razón, que que te digan que eres un machista maltratador. Y si tú dices que no estas favor de la discriminación positiva de las mujeres en la violencia de genero, porque deja desamparado a los hombres... Pocos, o nadie se entretienen en leer la letra pequeña de tu reclamación, el prejuicio es automático y la etiqueta inevitable. Así que nuestro protagonista, depresivo y sin fuerzas, se retiró de su lucha porque pensó que era mejor vivir tranquilo, adaptandose a un mundo cambiante pero previsible... que vivir en la agonía de una lucha que solo aporta disgustos.
No hay moralejas, cualquier camino es valido si se tiene el valor de apechugar con las consecuencias de nuestras acciones... Y siempre hay consecuencias, obviarlas no aporta nada.
martes, 11 de diciembre de 2012
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